En tiempos de urgencia como los que vivimos, optar por un medio de transporte más lento que el avión parece completamente absurdo. Solo los más audaces, los capaces de aislarse de las prisas a las que vivimos sometidos, sabrán ver en esa tranquilidad una ventaja (y hay muchas más)

POR MARTA SADER 31 de enero de 2022

Quiero confesar algo: a principios de 2020, tuve que viajar de Málaga a Asturias. La idea era pasar casi un mes en una casa rural, disfrutar de ese slow travel que tantas veces se me había escurrido entre los dedos por la necesidad imperiosa de verlo todo, hacerlo todo y tachar de mi lista cuantos más lugares del mundo, mejor. 

Concienciada con el daño que hacen los viajes en avión al medio ambiente, decidí hacer el trayecto en tren con un niño de dos años. Cualquiera que tenga un hijo o una hija entenderá la de cosas que pueden salir mal viajando con una criatura de esta edad. Multipliquemos esas posibilidades por las alrededor de ocho horas, transbordo mediante,  que nos tiramos los dos solos en el tren. 

Cuando llegamos a nuestro destino, mi marcador de sostenibilidad estaba altísimo, tanto como el de hartazgo. Ambos estábamos agotados. Para la vuelta, decidí dejar a un lado mis principios y coger un avión: en algo menos de dos horas estaba en mi destino.

Cuento esto porque soy perfectamente consciente de que, para viajar en tren, hay que dejar a un lado la comodidad del tiempo. En un mundo marcado por la urgencia, a veces, parece que “tiempo” es todo lo que tenemos, y tenemos muy poco. 

Sin embargo, no siempre se viaja con un terremoto de dos años que convierta cada minuto en una yincana vital. Y, sobre todo, quizá el tiempo no sea eso que nos han contado: un espacio productivo en el que hacer, hacer y hacer. Quizá baste con ser, con existir. 

EJEMPLO DE COMPOSICIÓN DE BLOC, TEXTOS E IMAGENES TOMADOS TEMPORALMENTE DE TRAVELER A EFECTOS DE MAQUETACIÓN.